La gran estafa de la productividad: nos dijeron que era el camino, pero es la trampa

Nos han hecho creer que la productividad es sinónimo de éxito, pero en realidad es una rueda de hámster que nos exprime. No somos robots, no somos algoritmos: ¿por qué vivimos como si lo fuéramos?


Nos han vendido la idea de que valemos lo que producimos. Que si no generamos, si no optimizamos nuestro tiempo hasta el límite, si no tenemos un Excel mental con tareas y objetivos, no merecemos existir. Pero, ¿y si todo esto es una puta trampa?

La cultura de la hiperproductividad ha convertido la vida en un ciclo de explotación autoimpuesta. Trabajamos hasta la extenuación, nos sentimos culpables por descansar y, si no «aprovechamos el tiempo», nos castigamos mentalmente con la sensación de estar fallando.

Y lo peor: esta mierda no es casualidad, sino diseñada.

Hamster oficinista, con camisa y corbata, corriendo en su rueda rodeado de relojes, documentos, calendarios y agendas que le obligan a correr y a ser productivo.

Nos educan para producir, no para vivir

Desde la escuela nos preparan para ser piezas productivas del sistema, no para ser personas con bienestar real. Nos inculcan que nuestro valor está en lo que hacemos, no en lo que somos. No nos enseñan a manejar nuestras emociones, solo a cumplir expectativas. Si en algún momento nos desviamos de ese camino, nos etiquetan como fracasadas. Pero no es un fallo individual, es el reflejo de un sistema que aplasta cualquier vida que no encaje en su molde.

Si llegas a un punto en el que tu vida no encaja con lo que «deberías haber sido», te aplastan con la narrativa del fracaso. Y esa culpa no es nuestra, es de un sistema que solo mide en productividad y que nunca nos preparó para ser felices, sino para producir sin descanso.


La trampa de la productividad extrema

Antes, trabajar era trabajar. Ahora, trabajar es una identidad. Nos han convencido de que seremos felices cuando trabajemos más, mejor y más rápido. Pero el trabajo sigue siendo trabajo. La automatización y la tecnología deberían liberarnos, pero nos han hecho esclavas de ser aún más eficientes.

Si decides vivir con menos, eres una fracasada. Si no aspiras a «más», te acusan de conformista o de «no tener ambición». Se nos ha metido en la cabeza que solo hay una forma válida de éxito: la que genera más dinero.


La culpa por cambiar de rumbo

También cargamos con la culpa de cambiar de profesión. Si decides dejar un empleo estable para buscar algo que te haga más feliz, te dicen que has cometido un error. Se nos educa para elegir una profesión y aferrarnos a ella de por vida, como si cambiar fuera un fallo y no una evolución.


La IA como arma de precarización

Nos prometieron que la IA nos ahorraría tiempo, pero ahora tenemos que producir más porque «ahora es fácil». Si no usas IA, eres más lenta y menos competitiva. Si la usas, tu trabajo pierde valor porque «lo ha hecho la máquina». Es una pescadilla que se muerde la cola: para seguir trabajando, hay que usar IA; pero cuanto más la usamos, más reducimos el valor de nuestro propio trabajo.


El capitalismo y la eficiencia como excusa

El capitalismo no usa la IA para mejorar la vida de las personas, sino para reducir costes y exprimir aún más la productividad. Si un algoritmo puede hacer el 50% de tu trabajo, el mercado no te paga más por el otro 50%, solo reduce tu sueldo. No es progreso, es explotación 2.0.


Conclusión: No podemos escapar, pero sí resistir (y darle otro sentido al juego).

La productividad debería ser un medio, no un fin. No se trata de ser «eficientes», sino de tener derecho a vivir sin ser explotadas. Hay que aprender a decir «basta» sin culpa, a existir sin justificarlo con resultados. No tienes que «ganarte la vida», porque la vida ya es tuya.

No se trata de dejar de jugar el juego de golpe, porque el sistema nos atraviesa. Si tenemos que jugarlo, podemos hacerlo con otros objetivos. Podemos cuestionarlo, poner límites y elegir dónde y cómo participamos. Podemos frenar la autoexplotación, exigir condiciones más justas y dejar de medir nuestro valor en función de lo que producimos. Si queremos que nuestra vida tenga sentido más allá de lo que producimos, tenemos que dejar de medirla en resultados y empezar a cuestionar las reglas del juego. No hay respuestas cerradas ni soluciones mágicas. Pero sí hay margen para redirigir nuestra energía y darle otro significado a lo que hacemos. Quizá podamos encontrar maneras de que nuestro trabajo tenga un impacto que trascienda la simple producción, que aporte algo a aquellas personas que han sido invisibilizadas o excluidas por este mismo sistema. No es un dogma ni una verdad cerrada, pero es una dirección que merece la pena explorar.

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